miércoles, 23 de mayo de 2012

Enseñar a ser responsables y disciplinados

La necesidad de la disciplina.
La disciplina es necesaria y no tiene por qué ser una agresión a la autoestima. Será el medio de crear un ambiente doméstico seguro y soportable en el que se facilite el aprendizaje.
Los hijos sabrán lo que se espera de ellos y aceptarán las consecuencias razonables y justas de una conducta inadecuada.
No importa tanto tener pocas o muchas reglas, sino cómo las presentamos y cómo las hacemos cumplir. Los hijos crecerán con una buena autoestima si las normas son justas y ellos se sienten aceptados como personas, incluso cuando su conducta es inaceptable.
Pero se creerán indignos y perderán la confianza de poder hacer bien las cosas si las normas son arbitrarias o se aplican inconstantemente, o si los hijos se sienten humillados.

Los hijos criados sin disciplina tienen una inferior autoestima y tienden a ser dependientes, rendir menos y sentir que  tienen menos control de su mundo. Para ellos el mundo estará lleno de sorpresas desagradables cuando se encuentren con la desaprobación de los maestros y la  respuesta cruel de los compañeros. Se sentirán más ansiosos porque nunca sabrán con exactitud cuáles son lo límites y cuándo van a tener problemas, pues incluso en el caso de los padres más tolerantes al final van a ver agotada su paciencia. Al carecer la protección física y emocional de las normas y de las limitaciones, a menudo se sienten no queridos: “Si no importa lo que haga, es que no se preocupan de mí”.
¿Cómo facilitar la disciplina?.

La autoestima de nuestro hijo aumenta cuando le ayudamos a hacer las cosas bien, pues siente el éxito al ser capaz de realizar algo, complacernos y aprende a concebirse a sí mismo de forma positiva, como persona útil y capaz.
Para que los hijos cumplan las expectativas apropiadas a su momento, les podemos ayudar del siguiente modo:

  1. Tener expectativas razonables.
    • Hemos de asegurarnos de que lo que esperamos de ellos es razonable y apropiado a su edad. Por ejemplo, no es razonable dejar solo en casa a nuestro hijo de doce años durante todo un fin de semana.
  2. Planificar de antemano.
    • Ayudar a afrontar situaciones que resultarán difíciles para el hijo: comida o juguetes para un largo viaje en coche… Si el niño está cansado o hambriento será menos paciente; la cooperación será más probable si nos anticipamos a sus necesidades.
  3. Ser claros en lo que esperamos de ellos.
    • Definir claramente lo que significa "comportarse bien en casa de la abuela” (no saltar sobre los sillones, no tocar las figuras decorativas, no correr dentro de la casa…) ayudará a que el hijo se sitúe mejor y cumpla las expectativas.
  4. Centrarse en lo positivo.
    • Hay que aprovechar cualquier oportunidad de reforzar y elogiar la “ buena conducta” y el esfuerzo del hijo.
    • Al corregirle, se le ha de señalar tanto lo bueno como lo malo: primero lo que hizo bien; después, lo que todavía tiene que hacer. Si él piensa que ya ha conseguido algo, le será más fácil esforzarse para lograrlo todo bien.
  5. Ofrecer alternativas.
    • Al ofrecer alternativas al hijo, se da la sensación de control y por ello él presentará menos resistencia: “Puedes venir con nosotros o quedarte una hora con la tía. ¿Qué prefi eres?
  6. Incentivar el esfuerzo.
    • Proponer al hijo metas sencillas con un esfuerzo razonable y ofrecerle una recompensa, le ayudará a lograrlas.
    • Las recompensas pueden ser un paseo, algo que le gusta…
Implicar a los hijos en la solución.
Una forma de enseñar a los hijos a ser disciplinados y responsables es implicarlos en la resolución de los problemas.
  • En primer lugar conviene hacer una lista de problemas de conducta o conflictos de cada familia.
  • A veces se puede pedir a los hijos si tienen sugerencias sobre cómo resolver un problema: nos sorprenderá la creatividad de sus soluciones. Y ellos lo afrontarán de distinta manera a partir de entonces.
  • Podría hacerse una reunión familiar para que todos den ideas. Cada uno aporta la suya. Se eligen aquellas en las que todos estén de acuerdo. Se busca cómo llevarlas a la práctica y se mide el resultado.
Afrontar las consecuencias.

Podemos aprovechar los hechos reales de la vida para enseñar a nuestros hijos la disciplina, pues cada acción tiene sus consecuencias: si llega tarde al autobús, lo perderá; si no va a entrenar, no le pondrán en el equipo… En muchos casos el mejor método de enseñanza es permitir que se sigan las consecuencias naturales de la conducta de los hijos: si no come ahora, más tarde tendrá hambre…
Al permitir que sucedan las consecuencias, hacemos al hijo responsable de sus actos. El hijo sacará un mensaje: “Cuando actúo de determinada manera, suceden cosas que no me favorecen”. Por el contrario, si le evitamos esas consecuencias, resulta que no le dejamos aprender y eliminamos todo incentivo para el cambio de conducta.
No todas las consecuencias sirven: habrá algunas que no se han de permitir (jugar con un cuchillo, cruzar el semáforo en rojo…).
Veamos algunas reglas para crear consecuencias efectivas y justas:
  1. Ser razonables. Según la importancia de la ofensa será la gravedad de la consecuencia. No es razonable prohibir salir durante una semana por llegar media hora tarde un día: puede llegar media hora antes el día siguiente.
  2. Estar relacionadas con el suceso. Si un hijo deja la bici a la intemperie mientras llueve, la consecuencia será más efectiva si está relacionada con  el uso de la bicicleta que con el uso del teléfono.
  3. Estar cercanas a los hechos en el tiempo. Si alguien ha visto la televisión más tiempo de lo pactado, limítese ese mismo día el tiempo de visión, no dentro de una semana.
  4. Reforzarse de forma consecuente. Es la regla esencial y la más difícil. No podemos amenazar con algo que va a ser mentira o que no estemos dispuestos a cumplir. Facilitará la buena elección el pensar las consecuencias razonables de antemano, cuando estemos serenos y no enfadados. Después, es necesario cumplir lo que se dice.
  5. Entenderse de antemano por ambas partes. “Si rompes el cristal jugando al fútbol, tendrás que reponerlo con tu dinero”. Los hijos pueden asumir la responsabilidad de sus actos y nosotros nos aliviamos de la presión de crear consecuencias razonables cuando estamos enfadados. Cuando los hijos experimentan las consecuencias de sus actos aprenden a asumir  la responsabilidad de lo que hacen. Ello fomenta la autoestima porque les permite un mejor control y les hace sentirse menos culpables.
Pautas para los arrestos.

Los padres tenemos mucho poder en relación al hijo: controlamos los recursos y somos vistos por ellos como físicamente más fuertes.
El castigo inicia un ciclo negativo que sigue estos pasos: "mala conducta, castigo, enfado, venganza, nueva mala conducta…". Y así los padres quedamos tan presos de ese proceso como los hijos y los sentimientos
negativos despojan a la relación de todo gozo y alegría.
Para mantener una buena relación cuando corregimos y exigimos disciplina al hijo, utilizaremos las mismas técnicas de comunicación que empleamos con cualquier otra persona en caso de conflictos personales:
  • No dejar que afloren viejos resentimientos, sino actuar por la acción de ese momento.
  • No pedir más allá de lo que consideramos cómodo hacer por otro.
  • No acusar ni atacar, sino comunicar claramente lo que queremos utilizando el lenguaje de la autoestima.
  • No interpretar al otro adivinando motivos o necesidades.
  • No acumular problemas, sino afrontar uno solo cada vez.
  • Reconocer los sentimientos, necesidades y problemas de la otra persona.
CUESTIONES PARA EL DIÁLOGO:
A.- EN CASA.
La disciplina en nuestra casa:
  • ¿Cómo va la disciplina en nuestra casa?. Comentar cómo se funciona en la familia, qué da resultado y qué no…
La lista de problemas:
  • Hacer una lista de problemas de conducta de cada familia. Los hay a la hora de levantarse o de acostarse, a la hora de comer o de jugar, a la hora de ver la televisión o de estudiar.
  • Ver después si cumplimos las condiciones para que nuestros hijos respondan adecuadamente a nuestras expectativas.
Las soluciones de los hijos:
  • A partir de la lista de problemas, pedir la solución a los hijos sobre algunos temas concretos.
  • Compartir en el grupo la experiencia.

Sesión familiar de torbellino de ideas:
  • Llevar a cabo una sesión familiar siguiendo las pautas de resolución de conflictos: concretar cuál es el problema sobre el que nos vamos a centrar, decir cuál es el resultado deseado, promover conjuntamente todas las soluciones posibles, analizar cada solución viendo si se puede aceptar por ambas partes, elegir la más adecuada, concretar cómo ponerla en práctica, realizarla, evaluar después de un tiempo qué ha pasado…
  • Compartir en el grupo el resultado.
Sesión sobre las consecuencias:
  • Analizar en una sesión cómo funciona lo que hemos dicho de las consecuencias de nuestros actos.
  • Poner ejemplos concretos en los que hayamos acudido a este recurso.
  • Ver si funcionó o no y analizar por qué siguiendo las reglas que hemos señalado para crear consecuencias efectivas y justas.
 Los arrestos o castigos:
  • Recordar algún castigo que nos impusieron a nosotros nuestros padres o familiares cuando éramos niños o adolescentes. ¿Qué sentimientos tenemos?. ¿Creemos que fue justo?. ¿Nos sirvió?. ¿Por qué?.
  • Recordar algún castigo que hemos impuesto a nuestros hijos. Decir si ha funcionado o si no.
  • Analizar después en cada caso si se han seguido las pautas que hemos dado sobre los arrestos o castigos.
B.- EN GRUPO DE PADRES/MADRES.
Poner en común alguno de los temas anteriores, ver las dificultades que han surgido, proponer alternativas positivas, ayudas mutuas, recursos para avanzar, etc.

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